Cruzamos la cordillera dejando atrás el ruido del mundo contemporáneo, unidas por un llamado sutil pero imperioso que latía en el centro del pecho. Fuimos siete mujeres, siete historias y un solo propósito: expandirnos y recordarnos en el pulso primigenio de la Tierra.

Cusco nos recibió con su aire asombrado, un laberinto de piedra viva donde los muros incas sostienen el peso de la historia y los templos coloniales intentan, en vano, ocultar la geografía sagrada que subyace en cada esquina.
Caminar por San Blas o contemplar la imponencia del Qorikancha no fue un acto turístico, sino el primer peldaño de un retorno hacia nosotras mismas. Sentimos que el Valle Sagrado no se visita; se habita con el respeto que se le debe a un santuario.

El verdadero descenso hacia el origen comenzó cuando nos adentramos en las comunidades de los pueblos originarios. Allí, los rostros surcados por el viento y las sonrisas generosas de las tejedoras nos recordaron que el conocimiento no se almacena en los libros, sino en la memoria de las manos y en el respeto absoluto a la Pachamama. Compartir su fuego, escuchar su lengua que suena a río y a piedra, y comprender la cosmogonía de la reciprocidad —el Ayni— reseteó nuestra percepción del tiempo.

La medicina del temazcal nos esperaba como un útero de tierra caliente. Entrar en la cabaña de sudor fue morir simbólicamente para volver a nacer. En la penumbra densa, bendecida por el aroma del copal y las piedras al rojo vivo, las siete cantamos, lloramos y soltamos las memorias que ya no nos pertenecían, emergiendo a la noche andina con una pureza que creíamos olvidada.
Con el cuerpo liviano y el espíritu encendido, iniciamos el ascenso hacia los templos de piedra. Ollantaytambo y Sacsayhuamán nos desafiaron con sus geometrías, invitándonos a conectar con los guardianes invisibles del lugar. Cada altar de piedra era un espejo; cada portal, una invitación a mirar hacia adentro. Finalmente, el camino nos condujo a la cumbre: Machu Picchu, la ciudadela de cristal y roca se reveló ante nuestros ojos como un testimonio suspendido entre el cielo y la tierra.
Fueron siete días en los que respiramos el aire sutil de la altura y guardamos silencio.
Las alturas de la cordillera andina, un viaje que da memoria sagrada, antigua y patrominial. Herencia de los hijos del sol. Un viaje para realizarlo siempre.









