Cuando cruzamos la frontera invisible de San Pedro de Atacama, no solo cambiamos de altitud, sino de plano dimensional. Dejamos atrás las prisas, el ruido de la rutina y las cargas cotidianas. Llegamos a este rincón del planeta, donde la tierra cruje a través de sus cristales y el cielo parece tocarse con las manos. Estábamos dispuestas a escuchar el silencio del desierto y descifrar los mensajes que nuestro corazón interpretara. 4 días para restaurar nuestra energía, sanar juntas y recordar el misticismo que habita en lo simple.

El viaje comenzó con la toma de posesión de nuestro espacio. Éramos nueve almas dispuestas a celebrar, conectar, celebrar y honrar la vida. Nuestra primera parada mística nos llevó al Valle de la Micro, un rincón menos transitado, donde las formaciones rocosas parecen guardianes de piedra esculpidos por el viento y el tiempo.
Allí, bajo una luz dorada que comenzó a teñir las cordilleras de tonos pasteles y violetas, hicimos nuestra primera meditación y ofrenda.

Al caer la tarde, iniciamos un fuego que nos abrigó mientras poco a poco íbamos compartiendo nuestras historias, sacando oráculos y meditando un poco. Supimos, sin decir una palabra, que algo poderoso había comenzado.
El segundo día estuvo marcado por el elemento agua en el lugar más insospechado: el corazón de un cañón de piedra. Ascendimos hacia las Termas de Puritama, donde el agua fluye tibia y cargada de minerales revitalizantes desde las profundidades de los Andes.

Si el desierto es fuego y viento, Puritama es el útero que acoge. Nos sumergimos en las pozas escalonadas, rodeadas de colas de zorro que bailaban con la brisa. Allí guiamos una sesión de terapia en el agua. Flotar en esos pozones celestes, sostenidas por los brazos de dos terapeutas, nos permitió volver al útero materno y revivir nuestra propia gestación. Un momento muy profundo.
La levedad del ser en la Laguna Cejar
El tercer día nos desafió a experimentar una medicina diferente: la medicina del desapego y la flotabilidad en la Laguna Cejar. Este espejo de agua turquesa, rodeado por una costra blanca de sal que cruje bajo las plantas de los pies, es un escenario de una belleza surrealista.
Entrar en Cejar es experimentar la ingravidez. Debido a la alta concentración de sal, el cuerpo flota sin el menor esfuerzo.
El baño de sal funcionó como un ritual de transmutación. La sal limpia, purifica y corta los hilos invisibles del estrés. Al salir, con la piel cubierta por una fina capa blanca y el sol de la tarde templándonos el cuerpo, nos sentimos bendecidas, infinitamente livianas, como si el magnetismo de la cuenca del salar nos hubiera alineado los centros energéticos de un solo golpe.

Día 4: El retorno con el fuego sagrado en el pecho
El último amanecer en San Pedro nos encontró renovadas. El cansancio del viaje ya no existía; en su lugar, vibraba una quietud vibrante, una fuerza renovada y colectiva.
Cerramos el viaje con un último círculo de agradecimiento, integrando la solidez de la roca del Valle de la Micro, la fluidez sanadora de Puritama y la absoluta libertad experimentada en Cejar.
San Pedro de Atacama cumplió su promesa mística. No solo nos restauró la energía, sino que nos recordó que, cuando un grupo de mujeres se reúne con la intención genuina de sanar, el universo entero conspira para sostenerlas. Nos fuimos del desierto, pero el desierto —y ese lazo inquebrantable de complicidad y luz— se quedó para siempre en nosotras.

