Siete días se convirtieron en un portal de tiempo suspendido. Viajamos hacia Serra Grande, un refugio de colinas verdes y mar infinito ubicado al norte de Brasil, en la llamada «Costa de Cacao». Nuestra intención era clara: sumergirnos en la abundancia de la naturaleza, el disfrute compartido y experimentar la sabiduría ancestral de una semilla sagrada.

Grupo de mujeres contemplando el atardecer sobre el agua

Despertar en la Mata Atlántica

Llegar a Serra Grande es entrar en un reino de verdes infinitos y el lugar que fue nuestro hospedaje, un sueño enclavado entre el mar y «el mato» tan característico de la flora y fauna brasileña. Aquí, durante siete días, las mañanas comenzaron con el sutil concierto de la selva despertando… cómo olvidar ese croar de ranas!

El punto de partida de cada jornada fue un espacio para habitar el cuerpo, abrir los canales energéticos y estirar los músculos bajo la brisa marina cargada de humedad y vida.

Mujeres acostadas en relajación sobre el piso de una sala de madera en la selva

Esas primeras luces del día nos preparaban para caminar a orillas del mar. Kilómetros de playas desiertas, flanqueadas por palmeras y cocoteros, se convirtieron en nuestro templo de contemplación y restauración completa. El roce de los pies descalzos sobre la arena húmeda y el vaivén rítmico del océano Atlántico nos conectaban con esa certeza de que la vida, cuando se simplifica, es pura belleza.

Dos mujeres caminando por la orilla de una playa en Serra Grande, Brasil

La Ruta del Cacao: Historia, Rito y Medicina

El corazón del viaje latía dentro del fruto de esa semilla: el cacao. Nos dedicamos a aprender su historia, desde su origen místico hasta su rol en las antiguas culturas mesoamericanas y su arraigo en esta tierra bahiana. Caminamos bajo la sombra de los grandes árboles de la selva —el sistema de cultivo cabruca—, donde el cacao crece feliz, protegido del sol directo.

Aprendimos a abrir el fruto con nuestras manos, a saborear la pulpa dulce y blanca que envuelve las semillas, y a comprender el cacao no como un producto comercial, sino como una medicina para el alma.

El clímax de este aprendizaje se vivió en una profunda y sanadora Ceremonia de Cacao. Reunidas en círculo, en un espacio protegido por el aroma del copal y la música medicina, bebimos el elixir tibio y amargo. El cacao, conocido ancestralmente como el abridor del corazón, hizo su trabajo con delicadeza. Entre cantos, lágrimas que liberaban y risas espontáneas, el círculo se volvió uno solo. Nos permitimos ser vulnerables, sostenidas por la energía de la planta y la fuerza del grupo.

Grupo sentado en ceremonia con velas y un altar en Serra Grande

Agua: Cascadas vivas, Janzu, mar….

En Bahía, el agua es una bendición constante. Fuimos al encuentro de las abundantes cascadas naturales que se esconden en el interior de la selva. Bañarnos bajo esos chorros de agua dulce, rodeadas de helechos gigantes y mariposas de un azul eléctrico, fue un bautismo de vitalidad pura. La fuerza de la caída de agua disolvió cualquier rastro de cansancio mental.

Pero la experiencia acuática más íntima llegó con la terapia en el agua: Janzu. Volver al útero sostenidas por expertos terapeutas nos devolvió la memoria de haber estado siendo incubadas por agua, latidos, apneas y sonidos que sólo existen cuando estamos «debajo del agua», «dentro de ella»…

Grupo de mujeres posando en un jardín tropical en Serra Grande

Itacaré 

El viaje también tuvo espacio para el color, la cultura y el sabor local. Nos aventuramos a conocer Itacaré, un pueblo vibrante donde la cultura del surf, el aroma a dendê y la música en las calles contagian una alegría inevitable. Recorrer sus callejones, descubrir sus playas escondidas entre acantilados de piedra y compartir una mesa llena de sabores locales fue el recordatorio perfecto de que la espiritualidad también es disfrute, juego y celebración.

Mujeres compartiendo un almuerzo al aire libre en Serra Grande

El Regreso con la dulzura en la piel

Los siete días llegaron a su fin, pero el retorno no fue el mismo. Serra Grande no solo nos regaló un viaje de bienestar; nos devolvió la conexión con el ritmo orgánico de la naturaleza. Regresamos a casa llevando la fluidez del Janzu, la fuerza limpia de las cascadas, el corazón más liviano y suave  y, sobre todo, la certeza de que la magia existe cuando nos atrevemos a parar, respirar y compartirnos intencionalmente.